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Hace poco fui víctima de un atentado. Un mosquito hizo que se me cayera una lámpara en la cabeza. Sí, un mosquito. Odio a los mosquitos. La lámpara se desplomó sobre mi nariz, y me dieron diez puntos. Un mosquito hizo eso. Y lo hizo por venganza. No es que fue una estupidez monumental intentar matarlo con una almohada cuando estaba a diez centímetros de un rectángulo de vidrio de treinta por quince que era sostenido por dos alambres muy finitos. No, fue un atentado, y tengo motivos para creerlo.

Resulta que hace unos meses, de vacaciones de invierno en la costa, con Elu llegamos al departamento y abrimos las ventanas. Grave error, porque la humedad del lugar y una temperatura demasiado cálida para la época hicieron que el lugar fuera invadido por mosquitos. Todavía no se cómo, pero logramos que se concentraran en el baño. Y en un rapto de violencia que ninguno de los dos había experimentado hasta el momento, masacramos a cada uno de los insectos que había en ese baño. El daño colateral de nuestra ira desmedida lo sufrió una pobre araña y algún que otro bicho.

Habremos asesinado a cien insectos. Uno por uno. Almohadonazo a almohadonazo. Con la paciencia de Jason Bourne cuando sabe que tiene que seguir matando hasta que su vida deje de correr peligro. Fue una experiencia nueva, que liberó una buena dosis de adrenalina en nuestros cuerpos, y que nos dejó con ansias de matar más mosquitos.

Ya de vuelta en la Ciudad, la llegada de la primavera significaba que mis peores enemigos volvían a obligarme a cachetearme la frente mientras miraba una serie o intentaba dormirme. Hasta que una tarde dije basta. Estaba en medio de un capítulo de Twin Peaks cuando un mosquito empezó a dar vueltas cerca mío. Lo hacía a propósito. No me picaba. Simplemente volaba delante de mis ojos. Era como el manto rojo que alerta a los toros. Y como un pelotudo, reaccioné.

Puse pausa, me levanté y agarré una almohada, decidido a revivir la experiencia de las vacaciones de invierno. El mosquito estaba en el techo, al lado de la lámpara. Tiré el almohadonazo con tanta puntería que le pegué a la pantalla, se soltó y se me rompió en la nariz. Vidrio por todos lados, sangre, confusión, toalla para “parar la hemorragia”. Un quilombo. Diez puntos me dieron después de esperar dos horas en la guardia. Lo peor de todo es que nunca voy a saber si maté al mosquito o no.

Yo creo que esto fue una venganza, perpetrada por un insecto que se enteró de la masacre que llevamos adelante con Elu, y que se desquitó por sus compañeros caídos. Por mi parte, aprendí la lección y ahora tengo cinco aparatitos de los que llevan tabletas, y dos de esos que evaporan un liquidito que supuestamente los espanta. Y por las dudas, siempre prendo un espiral y cada tanto tiro raid.

Pero como cualquier ser humano, casi vuelvo a tropezar con la misma piedra. El otro día antes de irnos a acostar, vi un mosquito en la lámpara que está arriba de la cama. A pesar de que la estabilidad de esa lámpara es igual o menor a la que se me cayó en la cabeza, intenté matarlo. “¡Mati, no! –me dijo Elu cuando me vio–. Ya sabemos que no te llevás muy bien con la combinación mosquito-lámpara”. Dejé de perseguirlo y me acosté. No me dejó dormir. La venganza sigue.

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