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Es raro que no haya por lo menos uno de Los Muchachos en La Esquina. Este sábado fue uno de esos días en los que pude sentarme a mirar un capítulo de House of Cards sin gritos ni risas de fondo. Eran las cuatro o cinco de la tarde, y estaba enganchadísimo con un monólogo de Frank Underwood cuando un grupito de seis pibes de 15 años cruzaron la calle y se frenaron en La Esquina de Los Muchachos.

Después de casi dos años en este barrio, se que hay algunas zonas que tienen dueño, y estos adolescentes estaban parados en el lugar que pertenece a mis amigos ruidosos. Se habían quedado ahí porque uno de ellos, de remera verde, se había olvidado algo. Este chico se fue corriendo a buscar eso que le faltaba, y el resto se quedó en La Esquina.

“Menos mal que no están Los Muchachos”, pensé, porque son tan celosos de su lugar como cualquier perro de su cucha. Pero a los cinco minutos, mientras los pibes esperaban y hacían el quilombo que hace cualquier grupo de adolescentes, llegaron dos motos. Como no pudieron estacionar donde siempre lo hacen, tuvieron que dejarlas en frente. Eran dos que laburan de repartidores en la roticería china de la esquina y forman parte del grupo que para donde ahora estaban los ‘usurpadores’.

Se bajaron de las motos, charlaron dos o tres minutos, hasta que uno saltó a la calle, miró, amagó con cruzar, y le dijo al otro: “No conozco a ninguno de estos”. Se rió, pero no de manera simpática. Fue una de esas risas que se usan para descomprimir una situación y que casi nunca dan resultado.

Al toque volvió el flaquito de remera verde, y cuando era el turno de los seis pendejos para irse, no se movían. Los pibes no lo sabían, pero un malentendido así es suficiente para desencadenar un tremendo quilombo que puede ir desde una amenaza (con o sin corridas por San Telmo) hasta el revoleo de botellas y piedras.

Pasaba el tiempo y los adolescentes seguían ahí. De repente llegó otra moto más. Cinco tensos minutos después, entre risas y gritos, los pendejos se fueron. Nunca supieron que si se hubieran quedado un rato más, alguno de Los Muchachos se hubiera acercado a pedirles amablemente que se las tomaran, que estaban en su cucha.

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