Se pueden ver muchas cosas desde el balcón de un segundo piso en una esquina. Y más en un barrio raro como San Telmo. Raro porque no sólo está sobrepoblado de turistas rubios y brasileros. También sobran las casas tomadas como la que tengo en diagonal.

La casa tomada desde el balcón

La casa tomada desde el balcón

La consecuencia directa de esto es que mi esquina es el lugar de reunión de un grupo de unos diez muchachos. La mitad son repartidores de la rotisería de comida china que está en la planta baja de mi edificio. El resto no hace nada. En realidad sí hacen, están en la esquina.

Pero este domingo no había nadie en la esquina. Era tarde, pero siempre suele haber un par. Esta vez no. Estaba por terminar el pucho cuando vi a tres personas a la altura de la casa tomada. Dos flacos y una mina. Ella, treinta y pocos, pegaba saltitos y gritaba. Estaba excitada. Ellos, menos de veinticinco, le decían que no. Ella insistía pero no le daban bola.

Llegaron a la esquina y de repente se frenaron. La mina se calló, se quedó quieta, y escuchó como uno le volvía a decir que no. Se había puesto serio. Le estaba explicando algo. Ella finalmente entendió. Los flacos se subieron a una moto y se fueron. La mina se quedó. Seguía ansiosa.

Aguantó treinta segundos sin moverse. No se contuvo y empezó a caminar. Primero de acá para allá. Después cruzó la calle. Hizo lo mismo en la otra vereda. Volvió a cruzar. Estaba impaciente. Siguió con esa rutina hasta que vio a otros dos flacos que venían caminando. Se conocían y ella estaba muy contenta de verlos. Ellos no tanto.

Hablaron unos minutos hasta que vieron venir a un auto. Era la familia de uno de los flacos. La mina saludó a la madre por la ventanilla del acompañante, cruzó dos o tres palabras, y dio la vuelta para saludar al padre. Volvió para hablar con la madre mientras uno de los chabones se subía al auto. Se fueron y la mina se quedó con el otro flaco.

El no estaba cómodo. Se sentía abrumado por la energía de ella. Se notó su alivio cuando vio venir caminando al flaco que se había ido en auto con su familia hacía cinco minutos. Hablaron los tres un rato más y después ellos se fueron.

La mina se quedó sola otra vez. Seguía ansiosa. Estaba expectante. Volvió a caminar y cruzar la calle. Cruzaba lento y provocaba a los taxistas, que la miraban, le tocaban bocina, le hacían luces, le gritaban cosas. Ella no les daba bola. Miraba para todos lados. Esperaba a los dos flacos que se habían ido en moto.

No venían y estaba aburrida. Se le ocurrió algo. Metió la mano en el bolsillo y miró para sus costados. Se sentó en una escalerita que hay en la esquina, se dio un saque y se paró. Empezó a caminar de vuelta hasta que de repente vio venir a una moto. No estaba segura si eran sus amigos. Cruzó, se acercó, y cuando los reconoció se puso a saltar de contenta. Ellos se subieron con la moto a la vereda, estacionaron y se pararon atrás de un árbol.

 

–¿Todo esto te dieron por cincuenta pesos? –preguntó ella.

 

Estaba contenta. Hablaron un rato más y después se separaron. Los dos flacos se fueron y entraron a la casa tomada por la ventana. Ella los vio desaparecer y se fue para el otro lado. Estaba en su mundo y a punto de entrar en otro. La seguí con la vista hasta que también desapareció.

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