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Hacía mucho que no me levantaba tan temprano. Es de noche todavía. Me voy a bañar. Me cambio. Como una Toddy. Tomo un sorbo de café. Me lavo los dientes. Subo al auto con mi viejo y mi hermano. Él va al colegio. Yo a renovar el registro.

Son las siete y cuarto. Ya hay cola. Debo tener unas treinta personas adelante. Sigue siendo de noche y no puedo leer. Pasa un rato y empieza a aclarar. Saco el libro y trato de concentrarme. No puedo. Una mujer atrás mío lee El gran libro de las runas. No es tan grande.

Ya es de día y empiezan a repartir números. Me toca el treinta y uno. Sigo con mi libro y la mujer sigue con las runas. El resto espera. Mira al vacío. Pocos leen el diario. Un cura con cara de ansioso le pregunta algo al pibe que repartió los números.

Entramos. Hay que seguir esperando. Me olvidé de hacer unas fotocopias. La señora de las runas también. Vamos juntos, pero separados. Me habla y murmullo una respuesta. No quiero hablar con ella. Le gustan las runas.

Vuelvo a la sala de espera, espero, y al rato me llaman. Lleno unas hojas y me dicen que ahora tengo que seguir esperando, pero en otro lado. Me siento. Cuando termino cada capítulo levanto la vista y miro a los demás. Todos estamos en la misma situación. No queremos estar ahí. Ni siquiera los empleados. Especialmente los empleados.

Veo a una conocida. Bajo la vista. No la quiero saludar. Veo a otro conocido. Por suerte no me quiere saludar.

Me vuelven a llamar. Dejo mis huellas en una maquinita y mi firma en otra. El aparato de la audiometría no anda. El de la vista sí.

–¿Usa anteojos?

–No.

–Lea la primera de cada columna.

–E-Z-R-D-S-X-V.

–Vaya a la Puerta 9 –firma algo y me lo da.

Voy a la Puerta 9. Espero. Ya no quiero leer, sólo me quiero ir. “Fin del trámite” dice el cartel en la Puerta 9. No les creo. Ahora que falta poco pienso: todo esto es un test. Como en un reality. Te tienen esperando cuatro horas y si no matás a nadie te dan el registro. No importa si sos ciego o sordo. Si aguantás las ganas de estrangular a un empleado, es suficiente.

Me llaman, pago, me dan más papeles y me dicen: “vuelva el miércoles”. Sabía que me estaban mintiendo. Sabía que esto no terminaba acá; las torturas son largas. Salgo y todavía hay gente haciendo cola. Los miro: no todos siempre son tan buenos como yo. Es probable que un empleado público muera hoy.

* Este texto es un ejercicio del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra

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