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Sentada, con los codos en las rodillas y las manos en la cara, Marcela no daba más. Tenía algunos pelos en la cara y el resto atado con una de esas gomitas que se usan para guardar las galletitas. Rodeada de hombres y mujeres, sólo estaba ahí para intentar sentirse un poco mejor. Pero no podía. No alcanzaba. “No tenés que ir ahí”, le decía su viejo todas las semanas cuando la llamaba por teléfono, “es deprimente”. “No tengo nada mejor que hacer Pa”, respondía Marcela, “además, no jodo a nadie”, agregaba, casi de forma automática y con la mejor sonrisa falsa que podía inventar.

La verdad es que ni se acordaba por qué estaban todas esas personas en una misma habitación, cada semana, a la misma hora, sin excepción. A veces eran más, a veces menos, pero siempre había más de diez, todos sentados en forma de círculo. No sabía si era un grupo de deprimidos, drogadictos, alcohólicos o qué. No le importaba. Sólo iba para intentar estar mejor. Pero no funcionaba. Antes sí. Las primeras semanas, sí. Pero ya no.

Por eso, todavía con los codos en las rodillas y las manos en la cara, Marcela interrumpió un monólogo insoportable de una señora de más de 40 que se estaba divorciando, o que tenía un hijo internado en una granja, o algo así, y le preguntó a Rodrigo, el flaco a cargo “¿Qué sentido tiene todo esto?¿Alguna vez alguien salió mejor después de estar acá? No creo, ¿no?…”.
La improvisación sacó de libreto a Rodrigo, que tardó unos segundos en reaccionar. Pero cuando se reacomodó, y pensó la respuesta otro par de instantes, se largó con uno de esos discursos prefabricados que nadie soporta, y que todos bancan para poder desahogarse después.

A Marcela, igual que al resto, no le importaba lo que dijeran los demás. Sólo quería que la escucharan. Alguien, Rodrigo tal vez, empezó a hablar, pero ella no le prestó atención, se levantó y se fue. Salió del edificio y empezó a caminar para el centro. No tenía un lugar en la cabeza, simplemente se puso a caminar.

De repente se dio cuenta de que, antes de volver a su casa, tenía ganas de tomarse una cerveza, y como no tenía nada que hacer, se sentó en el primer bar que encontró. Wanted se llamaba el lugar, y estaba casi vacío. Había un par de tipos grandes tomando un café, hablando de lo que hablan las personas cuando toman café, y una pareja joven que se estaba peleando. “No duran más de un mes”, pensó Marcela. El resto de las mesas estaban vacías, y el mozo esperaba que terminara su turno mientras hablaba con el cajero.

Se pidió una Quilmes, la cerveza que menos le gusta, y se tomó el primer vaso como si fuera agua. El mozo le trajo maní y palitos salados, y ella ni los tocó. No había comido desde el mediodía, pero no tenía hambre. Tampoco volvió a llenarse el vaso, y la cerveza se calentó de a poco hasta que se quedó sin gas.

Tenía en el estómago la misma sensación desde hacía mucho tiempo. Intentó de todo, o al menos ella pensó que era de todo, pero nada funcionó. Tal vez no quería que funcione. Tal vez quería seguir así, sintiendo lástima de sí misma.

Pero el problema era el mismo de siempre. No se animaba. Siempre encontraba alguna excusa. “Hoy sí”, pensó Marcela, convencida, o intentando convencerse, de que ese día era perfecto. Nadie se iba a enterar. Su viejo no la iba a llamar hasta el viernes, y no conocía a nadie más que se preocupara por ella.

Además en su edificio casi ni la registraban, y nunca había hablado con sus vecinos de piso, salvo alguna que otra vez cuando se los cruzaba en el ascensor y comentaban algo sobre la trolita del momento o del clima o, cuando tenía suerte, de las dos cosas.

Los que también podrían llegar a darse cuenta ya no estaban en su vida o estaban pero cada vez menos. “Si, tiene que ser hoy”, dijo en voz alta, y el mozo pensó que lo estaba llamando. “Necesitás algo más”, le preguntó el tipo acodado en la barra, sin intención de moverse. Marcela negó con la cabeza, le pidió la cuenta, pagó y se fue. Nunca había dejado tanta propina.

Otra vez no sabía para dónde ir. Quería hacer algo antes de llegar a su casa, pero no se le ocurrió qué. No tenía ganas de ir al cine ni al teatro, y menos a un museo. Pensó otras alternativas y después de dar vueltas por la ciudad por media hora, paró un taxi y a los diez minutos estaba sentada en su sillón.

Eran casi las doce de la noche y estaba haciendo tiempo mientras miraba televisión, cuando de repente se le ocurrió que nadie iba a saber qué fecha poner en la denuncia, si es que alguien se preocupaba por hacerla. “No importa”, dijo Marcela, “a nadie le importa”.

Volvió a repasar todas las razones que le habían dado vueltas por la cabeza durante años, y seguía convencida. Destapó el frasco de pastillas que tenía en la mano, agarró un vaso de agua, y cuando estaba a punto de terminar con todo, no se animó. Como tantas otras veces, dejó el frasco en la mesa ratona y se fue a acostar.

Al otro día se despertó, fue a trabajar, y a las seis de la tarde estaba de vuelta en su casa, lista para ver el último capítulo de una temporada de no se qué serie estadounidense. Marcela se sentó en el mismo sillón de siempre, y después de prender su computadora, la apoyó en la mesa ratona, al lado del frasco de pastillas.

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