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Muchos de ustedes ya deben saber de mis problemas para cambiar de gustos de helado. Por más que quiero variar, no me animo por miedo a que no me gusten los nuevos sabores. Aunque de a poco lo voy superando (cambié, creo que, definitivamente al banana split por mantecol), es un camino largo y complicado. Pero el helado no es la única cosa con la que soy conservador. Cada vez que tengo que comprarme calzoncillos voy siempre al mismo lugar y compro siempre la misma marca. A veces me pasan cosas como esta, pero trato de ser fiel a mis ideales calzoncillísticos (?).

¿Los mejores calzoncillos de la historia?

Lo bueno es que es un tema que hablé con un par de amigos (todavía no se qué fue lo que nos llevó a tener esa conversación, pero bueno…) y los dos me confirmaron que hacen lo mismo: cuando encuentran una marca que los satisface, es muy complicado que cambien.

Ahora bien, después de pensarlo un rato, me dí cuenta de que la única oportunidad para que otra marca de ropa interior entre en mi vida es en forma de regalo (cumpleaños, navidad, etc.). Abuelas, tías, tías-abuelas y familiares del estilo aman regalar calzoncillos. No se si es porque no se les cae una idea, o porque aprovechan el viaje al negocio de lencería masculina para ver las fotos de Christian Sancho.

Me parece que se lastimó la panza...

Lo cierto es que después de cada reunión familiar me vuelvo a mi casa con una bolsa blanca que dice Lencería Martínez: Ropa interior femenina y masculina en letras verdes. Obvio que, eventualmente, le doy una oportunidad a los nuevos calzones, pero nunca van a ser parte de la elite de mi ropa interior (ellos agradecidos). Siempre serán miembros (sin segundas intenciones, no sean pervertidos ¡por favor!) de la parte de atrás del cajón, esa dedicada a los calzoncillos de emergencia.

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