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Las relaciones humanas son complicadísimas. Pero las más difíciles son esas que tenemos por obligación (novias/os de primos/as, hermanos o amigos, etc.) y esas que nunca vamos a dejar de tener porque para la otra persona somos mucho más importante de lo que ella es para nosotros. Hoy Hasta las Pelotas se va a referir a esa gente que está en nuestra vida de casualidad, esos que no modifican nuestra existencia, esos de los que no nos vamos a poder librar por más que no los llamemos nunca, esos que cuando nos saludan después de un tiempo sin vernos siempre le meten más onda que nosotros al abrazo.

Sin duda, uno de los momentos más incómodos de una relación así es el saludo. Las ganas de ver a alguien se miden por la emoción del saludo y por la intensidad de la despedida. Lo malo de estas personas es que siempre van a recibirnos con un gran abrazo y nos van a despedir con otro, mientras que a nosotros nos sobraría con un apretón de manos o una palmada en el hombro. Lo peor de todo es que, después de varios años de relación, ni siquiera nos preocupamos por disimular el descontento que nos generan, pero ellos parecen no darse cuenta de nuestra cara de orto o simplemente eligen ignorarla.

Cuando el saludo termina, con abrazo eterno incluido, es momento de la conversación. Aunque más que una conversación, vamos a ser testigos de un monólogo. Porque no se si lo notaron, pero este tipo de personas suelen ser más egoístas que un hijo único. Una vez que empezaron a hablar, lo mejor que podemos hacer es mirarlos ocasionalmente a los ojos y meter algún que otro bocadillo tipo ajá o claro en el medio de una de sus interminables historias para que piense que le estamos prestando toda la atención del mundo.

Sin embargo, y contrario a lo que todos nuestros sentidos nos vayan a aconsejar, en este momento es recomendable escuchar algo, no todo porque es imposible, pero algo de lo que dicen para no estar tan desarmados cuando nos pregunten ¿A vos qué te parece? Esa pregunta es casi inevitable porque estas personas siempre van a querer saber qué pensamos de ellos, aunque después de darles nuestro punto de vista van a volver a empezar con otra historia.

Los minutos pasan, nuestra incomodidad es cada vez más grande, y en lo único que empezamos a pensar es en la despedida. Si fuera por el otro, ese momento no llegaría nunca, pero como nosotros estamos desesperados por seguir camino, corre por nuestra cuenta acelerar la separación con alguna excusa inventada. Seguramente le interrumpamos alguno de sus monólogos cuando le digamos que nos están esperando en un lugar hace diez minutos, pero como no nos importa la persona que tenemos en frente, callarlo no debería ser un problema, sino todo lo contrario, un alivio.

Ahora es el turno de otro de los momentos incómodos de la charla: cuando nos dice che, nos tenemos que juntar a tomar un café. Parece que nuestro mundo se va a derrumbar, pero tenemos que ser fuertes y estar bien frescos para encontrar una salida. No hay forma ideal de esquivar esa bala, depende mucho de la persona, pero hay un combo que casi nunca falla: si, dale…el tema es que de lunes a viernes estoy a full con el laburo porque recién me ascendieron y los fines de semana los paso con mi novia/o (por más que no tengamos) que casi no la/o veo en la semana.

Vamos a ver la cara de nuestro interlocutor resignado. Como lo sacamos de contexto no va a saber qué decir, y este es el momento ideal para decirle bueno, te dejo che que me están esperando. Nos va a dar otro de esos largos abrazos, pero este lo vamos a aguantar con gusto porque la tortura está por terminar.

Al final fueron nada más que unos minutos, pero para nosotros fueron largas horas que no terminaban más. Ahora podemos seguir con nuestra vida hasta que nos volvamos a cruzar con uno de estos especímenes que, lamentablemente, abundan.

 

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