Las obsesiones no se pueden ocultar mucho tiempo. La mía es el orden. Aunque en los últimos cinco años me quise convencer de que la había superado. De un día para el otro dejé de guardar cada par de zapatillas que había usado en el placard. También abandoné la costumbre de organizar y re organizar los buzos. De repente empecé a parecerme más a mi hermano en su desorden. Me tentó su falta de preocupación, y pensé que eso era lo que yo quería para mí.
Pero un sábado, día de limpieza por excelencia en mi casa, la realidad me golpeó en la cara. Mi compañero de habitación, ese al que había copiado en su rebeldía, me pidió que ordene un poco ya que el cuarto era de los dos, y no quería vivir en ese laberinto de zapatillas, pantalones, remeras y medias sucias.
Accedí a su pedido y me sentí muy bien cuando me encontré con mi lado de la pieza como hacía un tiempo no estaba. El orden volvió a ser parte de mi vida y redescubrí el placer de acomodar lo desacomodado. A partir de entonces un día a la semana ordeno mi habitación, que pasa el resto de las jornadas con ropa que se acumula donde sea que pueda.
Ese día la paso bien. Y es porque logré aceptar mi obsesión. No es fácil reconocer esos hábitos, pero cuando nos damos cuenta de que nos hacen bien y no dañan a nadie más que a nuestra salud mental, damos un paso hacia el poco habitado mundo en el que viven los que están conformes con ellos mismos.
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