La piedra con la que ya había tropezado volvió a aparecer. No es la primera vez que me hace caer, y parece que no será la última. El ciclo se repite cada dos o tres años. El patrón es siempre el mismo. Voy al local a comprarme ropa interior con la idea de llevarme un par de slips, y siempre me termino yendo con un bóxer de más. No sé por qué lo hago. 
La experiencia me dice que no tiene sentido que siga intentando, pero hay algo más fuerte que me obliga. Me siento más cómodo usando slip. Sin embargo pienso que en el cajón donde guardo mis calzoncillos tiene que haber un bóxer. No importa si lo uso o no. La idea de tener uno me resulta reconfortante. Me hace sentir parte de una mayoría que sabe disfrutar de las bondades de un bóxer, cosa que yo no sé hacer.
Lo peor de todo es que cada vez que tengo uno nuevo, intento convencerme de sus ventajas. No las encuentro y la enumeración se detiene en la libertad. Más allá del espacio del que uno dispone, no se compara con la incomodidad que yo siento cuando éste tipo de ropa interior parece tomar vida. Comienza a moverse hasta lograr un malestar tan grande que me hace sentir impotente y molesto. Cómo no es posible volverlo a su estado original en el medio de la calle, los intentos por disimular el acomodo son múltiples pero inútiles. Es entonces cuando uno se resigna a andar por la vida incómodo, a costa de sentirse parte de una mayoría que no se por qué razón insiste en darle entidad al bóxer.

Cada vez que me pasa esto prometo no volver a ser tentado por el canto de las sirenas. La fuerza de voluntad dura un año, a lo sumo dos. Pero el tiempo hace su trabajo y la tentación vuelve a aparecer en forma de bóxer. Espero que la próxima vez sea un poco más fuerte y logre resistir. En un par de años les cuento cómo me fue.
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