Yo creo que hay momentos y lugares para hacer las cosas, y que si éstos no son los indicados, aquello que hace rato intentamos lograr, A VECES, termina siendo en vano. Obviamente, la mayoría de estas situaciones están fuera de nuestro control, y no hay nada que podamos hacer para revertirlas.

El empate del sábado entre Barcelona y Espanyol en el clásico de la ciudad catalana no llegó en un buen momento para el equipo de Josep Guardiola. Tras el 0 a 0, su liderato en La Liga no corría peligro gracias al triunfo en Madrid, que los había dejado con una luz de 4 puntos ahora de 1. Sin embargo, la forma en la que el conjunto de Mauricio Pochettino privó al Barça de jugar su juego llega en el peor momento posible para los de Pep.

Espanyol festejó el empate como un triunfo y, EN PARTE, estoy de acuerdo con que lo hicieran. Los “periquitos” son apenas el segundo equipo en un año y medio que logra arruinarle el juego a Barcelona (Gus Hiddink y su Chelsea fueron los primeros, aunque Iniesta tuvo la última palabra).

De la mano de jugar fuerte (no pegaron mucho, sino lo suficiente), presionar en las salidas (obligando Valdés y a los centrales a tirar pelotazos), achicar la cancha, y cerrar el circuito de juego, lograron impacientar a un Barcelona que no suele perder la calma, y que terminó jugando con 10 por la expulsión de Dani Álves.

La razón por la cual el empate no tiene buen timing es muy simple: mañana el Barça se medirá en la ida de la semifinal de la Champions contra Mourinho y su Inter. Se sabe de la capacidad de adaptación que tiene el técnico portugués, y de todas las herramientas que posee en el equipo italiano para acomodarse a lo requerido por la situación.

No creo que Guardiola esté contento con haber mostrado sus debilidades tan cerca de un partido de la talla del de mañana, contra un técnico de la talla de José Mourinho.

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